El testigo de la ventana


La mejor luna es la luna de las nueve de la mañana, porque no se ve; ella apenas sugiere una imagen de sí misma; una imagen invisible que se oculta con la claridad de la mañana. Esta es, sin duda, la mejor luna de todas.

Pero es de noche.

Llueve a cántaros, y desde el segundo piso ―que resulta ser el último― el testigo de la ventana apenas puede ver los colores de la bandera italiana que adornan la venta de mármol al otro lado de la acera. Las calles rebosan de agua y los únicos transeúntes son algunos espíritus de la noche, de esos a los que no les importa mojarse. Pasa un auto con una velocidad peligrosa, salpicando agua a ambos lados. Al cabo de unos instantes, pasa otro en sentido contrario, más lento, pero con un estoicismo admirable. Ahí iba yo; aunque eso no nos compete en estos momentos (no en este relato, no, al menos). Se vuelve visible un caminante, y el testigo de la ventana pasa de la sumisión poética en la que lo tiene la lluvia a la plena consciencia de lo visible de la misma manera en que los perros pasan del letargo a la vigilia, al percibir el menor indicio de amenaza.

A juzgar por cómo se proyectaba su sombra, el caminante iba de mal humor. Quizá no exactamente de mal humor, pero definitivamente sus emociones no eran placenteras. ¿Y quién no iba a sentirse así cuando todas las condiciones en rededor confabulaban para este cometido? Sin embargo, el testigo no pensó ni por un momento que el genio de ese hombre tuviera algo que ver con verse forzado a caminar de noche por una carretera solitaria y en medio de semejante aguacero. No. A él le preocupaba algo en su mirada (o, al parecer, en la que él suponía que tenía). Algo oscuro y relacionado con un pasado cercano que los unía de alguna manera. El hombre llevaba una chaqueta marrón con el cuello levantado, un pantalón de lana gris oscuro, un paraguas en una mano, y, en la otra, una bufanda o un sweater con el que ocultaba algo de la lluvia. Iba caminando con paso decidido, de derecha a izquierda. Claro, ¿quién no iría con paso decidido en semejante clima? Pero no era esa la razón del apuro de ese hombre. Luego, al cruzar la calle y apresurar aun más su paso, el testigo no pudo evitar notar su leve cojeo. El testigo se exaltó, y respiró hondo mientras se tapaba la boca con ambas manos y se retiraba de la ventana. Todo estaba claro.

Al sonar la sexta campanada de la iglesia mayor, ese mismo día cayó una mujer de lo más alto de la torre del reloj. Como suele ocurrir en algunos infiernos que se hacen llamar pueblos, la noticia recorrió las calles tan rápido como pudieron esparcirla las señoras de la avenida. La mujer era hermosa y, posada en el suelo, sus brazos reposaban sobre un charco de su propia sangre que teñía su cabellera de castaño a vinotinto. La única forma de entrar en esa parte del edificio era atravesando una reja metálica cerrada con una cadena que estaba sellada por un candado, que el testigo había notado en repetidas oportunidades en la misa de los domingos. Este edificio estaba, a su vez, frente a la plaza.

Más temprano, en la ferretería, un hombre mayor, alto, fornido en apariencia, hablaba con el testigo ― que atendía en el mostrador―.

― Joven, cóbreme por esto.

─ ¿Una cizalla, nada más? ─ replicó el testigo detrás del mostrador.

─ Si, si. ¿Venden paraguas? Parece que va a llover ─ preguntó el hombre, con el tono de quien quiere que le respondan rápido.

─ No, pero en la plaza de aquí cerca los consigue.

─ ¡Oh, ─ exclamó el hombre ─ qué casualidad! Pasaré por ahí esta misma tarde.

Y se marchó de la tienda, no sin que antes nuestro vendedor notara un leve cojeo en su pierna izquierda mientras se dirigía a la puerta de entrada.

Parado en su habitación, observando desde la ventana del segundo piso al hombre perderse entre la lluvia, el testigo entendió que era aquel mismo al que había atendido en la mañana y aquél, que había estado en la iglesia al momento de la sexta campanada. No podía decir que esa mujer se había suicidado, ni tampoco que él la había matado; pero sí podía entretenerse recordando el momento en el que vio por primera vez a ese hombre entrar en la tienda, con paso decidido, cuando ya daban las nueve de la mañana, y la luna comenzaba a difuminarse con la luz del sol.

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